
Tengo muchos recuerdos de la temporada 2007-2008 del Zamora CF y casi todos ellos son muy buenos. Aquel año, el equipo se quedó a las puertas del ascenso a Segunda A, en Vallecas, después de realizar una campaña fantástica con una plantilla que, a priori, partía con el objetivo de lograr la permanencia. Además, los jugadores se mostraron como personas cercanas e interactuaron en todo momento con una afición entregada a la causa rojiblanca.
En aquel equipo, había varios jugadores con un carisma especial. Hombres como el mozambiqueño Sergio Lomba, el portero Dani Giménez, el organizador Sergio Torres, el todoterreno Aitor Sanz, el entregado Aarón Darías o el vasco Zuhaitz Gurrutxaga dejaron huella en el corazón de una afición y de una ciudad que, desde entonces, no han vuelto a ilusionarse de ese modo con ninguno de los proyectos de la entidad.
Precisamente, cuando recuerdo aquellos viajes en los que seguía al equipo que más me ha ilusionado jamás, me viene a la cabeza un instante que no se me borra de la mente y que define a uno de esos futbolistas a los que he mencionado anteriormente, un hombre que este domingo visita el Ruta de la Plata enrolado en las filas de la Sociedad Deportiva Lemona.
Les pongo en situación: Corría el mes de diciembre del año 2007 y el Zamora CF jugaba en Guijuelo con todo lo que conlleva, térmicamente hablando, la relación entre el lugar geográfico citado y la época del año mencionada. Pues bien, en el descanso del partido entre los chacineros y los rojiblancos, y con el termómetro marcando -5º, a Zuhaitz Gurrutxaga no se le ocurrió otra cosa que verter un litro y medio de agua sobre su cabeza a la par que profería un grito tan acongojante como la propia imagen. Las caras que se les quedaron a los rivales son inenarrables y las nuestras otro tanto de lo mismo, pero así era él, genio y figura.
De hecho, Gurrutxaga es, probablemente, el jugador que mejor definía a aquel equipo. Un obrero del fútbol, un hombre luchador, pícaro, con una gran capacidad de sufrimiento y con un bagaje a sus espaldas realmente importante. Entre él, sus compañeros y Miguel Ángel Álvarez Tomé hicieron soñar a una afición que no se olvida del guipuzcoano y que le recibirá como a uno más de sus futbolistas, con una cerrada ovación de cariño y afecto.
Lamentablemente, aquella empatía entre el equipo y la afición que existía en la etapa del vasco no se ha vuelto a ver por estos lares, aunque también es justo decir que durante esta temporada se está comprobando cómo, poco a poco, los hombres de Roberto Aguirre, a base de esfuerzo, de victorias y de un compromiso encomiable están logrando enganchar a un público que sueña con volver a vivir algo similar a lo sucedido en aquella mágica campaña 2007-2008.