
Aún recuerdo aquellos años en los que, siendo apenas un infante que no levantaba un metro del suelo, gastaba la tarde – noche del sábado en jugar en casa con mi amigo Pablo a distintos juegos de diferente índole. Los playmobil era, quizá, la actividad que más nos ocupaba, probablemente porque a él le apasionaba y a mí me parecía una buena opción.
No obstante, cuando el hartazgo se apoderaba de nosotros después de horas de batallas con castillos, piratas, vaqueros e indios, en ocasiones, optábamos por distraernos con un juego de mesa. Recuerdo, especialmente, que, en aquellas tardes de finales de los 90, tuvimos una época en la que nos dio por jugar al Quién es quién, algo, ahora que lo pienso, mucho más edificante que lo que nos ocupa actualmente, en ese día de la semana y en esa franja horaria.
Para aquellos que no estén familiarizados con el desarrollo del juego, se trata de una actividad pensada para dos personas en la que los contendientes se sitúan, uno en frente de otro, con dos tableros casi idénticos cuya única diferencia es el color. Cada tablero posee 24 dibujos de personajes distintos e identificados por su nombre y, a su vez, cada jugador cuenta con 24 cartas que se corresponden con los personajes que se hallan en su tablero, de las cuales debe escoger una. Pues bien, el desarrollo del asunto es bastante sencillo, los jugadores tienen que hacerse preguntas, el uno al otro, sobre su personaje y el que primero adivine cuál es la carta del contrario gana la partida.
¡Cómo me lo pasaba yo con aquel juego! No obstante, tras una época en la que abusamos, cual niños sin medida, de este juego de mesa, por cierto, recomendado para todos los públicos, comenzamos a darnos cuenta de que adivinábamos la identidad de los personajes con demasiada facilidad porque que ya los conocíamos; sin apenas preguntarnos el uno al otro ya sabíamos de quién se trataba. Es algo fácilmente extrapolable a una ciudad como Zamora, en la que enseguida conoces a todo el mundo.
Bueno, pues esta es la historia de cómo mi amigo Pablo y yo jugamos durante unas semanas, siempre los sábados por la tarde-noche al Quién es Quién. Ah, por cierto, se me olvidaba, hoy la dirección técnica del Zamora, encabezada por Alberto Parras, ha decido relevar en el banquillo del juvenil División de Honor a Dani y Noé y situar en su puesto a Antonio Calvo Coria. ¿Os apetece jugar al quién es quién o, como me sucedía a mí, ya os aburre porque conocéis a los personajes?