Aulas Flamencas: MANOLO BOHÓRQUEZ ESTUVO EN ZAMORA

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Esa fue la noticia flamenca más importante del pasado viernes en Caja Duero. Lo que no significa que la parte musical dejara de estar en el peldaño más alto, que lo estuvo. Pero vayamos por partes.

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Manolo, el del Arahal, el del Correo de Andalucía, estuvo en Zamora para impartir docencia con cuatro palabras y con su omnímoda presencia. Reforzó la importancia de la tradicional, fiel y docta afición zamorana antes de adentrarse en los sinuosos mundos del fandango. Todo ello en poco más de un cuarto de hora. Dejó claro algo que algunos desde nuestra más recatada modestia llevamos mucho tiempo insistiendo, el fandango, por derecho, por propagación, dispersión y localismo –incluso por origen centenario- debe de ser el quinto palo básico. Ahí están todos los exquisitos cantes minero – levantinos con las tres largas decenas de malagueñas a la cabeza. Y es cierto que desde la ortodoxia de la Flamencología oficial se sigue considerando un palo menor. Se refirió al Carbonerillo –de quién es su mejor biógrafo-, a Vallejo, al Niño de la Calzá, a Manolo Fregenal y a otros que con sus fandangos personales además de ganarse la vida han pasado a la historia del flamenco. Eso sí, con letras pequeñas. Ser fandanguero en esa época –que viene a ser en parte la de la Ópera Flamenca, la de Vedrines y el canon- constituía una forma de estar y ser en el flamenco. Una recompensa más inmediata que la otorgada perennemente a los creadores de seguiriyas y soleares.

Después de su importante disertación, Bohórquez presenta a los artistas: Rubén Levaniegos al toque y Virginia Gámez al cante. Estando en general muy bien los dos oficiantes.

Petenera recordando los ecos del Viejo Medina, Chacón y la Niña de los Peines.  Siguen por tangos – tientos con los guiños correspondientes a la Niña y un Rubén muy imaginativo.

Soleares. La medida de la ejecución artística. Tres de la Serneta –esta genial jerezana afincada en Utrera creó siete soleares distintas, las que se conocen como las soleares de Utrera. La tercera ejecutada por la malagueña fue sin duda lo mejor de la noche. Sigue con la Andonda, Mellizo, Triana y solearilla. En general buena interpretación.

Cantiñas. De Cádiz y de Córdoba. Muy bien. Y para estar mejor, la segunda de Mairena en su obra póstuma “El Calor de mis recuerdos”: “Maestranza de Sevilla / la del amarillo albero / la que huele a manzanilla / y a capote de torero”.

Continúan por granainas, con perfecta entrada de Rubén Levaniegos, yéndole a la a zaga el flamenquísimo temple de Virginia Gámez. Granaín y medía granaín desde la estela del genio del género: Don Antonio Chacón. Indudablemente, junto con la tercera de la Sernta, las granainas han constituido lo mejor de la velada. Pero hay más. Las bulerías con el consiguiente guiño a Farina en su eterno homenaje a Carmen Amaya.

Fue tal la aclamación del nutrido público presente, que los artistas se vieron obligados a rematar por fandangos con el público de píe. Merecidísimo aplauso de muchos segundos.

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